








Combato la depresión moderna a punta de movimiento animal
El piso es marrón rojizo y chirrea mientras camino sobre él. En el comedor hay ocho sillas cubiertas en tela de un rojo más brillante, con la madera desgastada y forros vinotinto que lucen como enaguas o cortinas aún cerradas. En la mesa, de madera y vidrio, hay organizados ocho individuales de caucho blanco con ilustraciones de tazas azules de té y duraznos, uvas y algunas hierbas aromáticas que no logro reconocer. Los individuales están agrietados por el tiempo y el uso, y permanecen acompañados de dos servilleteros, una porcelana y un pequeño folleto que dice “novena al Divino Niño Jesús”.
Del intento por rememorar es posible ir a dos lugares diferentes: el olvido absoluto o la melancolía crónica. En mi experiencia, esta última puede a la vez transportarnos a la depresión profunda y hacernos olvidar las potencialidades del presente. Probablemente también es posible ir a otros lugares, pero estos son los primeros que logro identificar. La casa de mi abuela, esa con comedor siempre dispuesto para ocho personas, es lo primero que viene a mi mente cuando leo, escucho, pienso o todo a la vez, la palabra memoria. Lo paradójico, o tal vez no tanto, es que después de que ella murió, hace cinco años, no volví a ir a ese apartamento y, de hecho, para mí ese lugar solo existía en la medida en que existía mi abuela; cuando ella dejo de existir, él también desapareció.
Este no es un ensayo sobre el cómo recuerdo a mi abuela, ni sobre el cómo extrañarla me conduce durante varios días por los campos variados de la depresión. Acá quiero reflexionar, más que nada, sobre el carácter intrínsecamente político y rebelde de la danza, del movimiento. Para hablar de esto hoy me remonto, por mis circunstancias vitales, a la experiencia personal que he tenido con el rememorar y con la depresión, pero no dejo de lado que es posible hablar de esto mismo, pensar esto mismo, desde infinidad de lugares, prácticas y acontecimientos.
¿Cómo llegué a todo esto? Sucedió lo siguiente: investigué, para la clase de Puesta en Escena de Repertorio de la Danza, el trabajo de Olga de Soto, específicamente lo que había hecho en su obra historia(s) (Soto, 2010). Después de haber sido invitada a realizar un homenaje a otra obra, que en esta ocasión no considero importante mencionar, ella se plantea una pregunta que aún resuena en mi cabeza: ¿Qué queda de una obra escénica cuando las personas que la han visto y las personas que la han hecho ya no están para acordarse, para hablar de ella, para hacerla vivir en su cabeza y en la de los demás? (Soto, 2010). Esta pregunta, que se relaciona con el quehacer artístico de forma directa, la relaciono yo, también de forma directa, con la vida misma, siendo estas continuamente una sola cosa: ¿Qué queda de la vida cuando las personas que la han vivido ya no están para contarla, para hacerla vivir en su cabeza y en la de los demás?
Después de navegar durante varios días en lo existencial de este asunto, llegué a una respuesta que es, para mí, lo suficientemente radical como para permitirme la tranquilidad. No es una respuesta a la pregunta en sí; de esa no tengo ni la más mínima idea y, sinceramente, no creo que nadie en el mundo tenga una respuesta. Lo que descubrí después de analizar el trabajo de Olga de Soto, después de leer a algunos bailarines que también se han dedicada a la danza de la escritura, y después de atar algunas ideas que vienen rondando en mí desde hace varios años, es que el anhelo por perdurar y nunca ser olvidados, transcender en la historia futura incluso cuando esta constituya pasado, es un anhelo moderno, y como tal, es un anhelo imposible de satisfacer.
Así las cosas, lo que siento ahora es que seguir planteándose esta pregunta es un juego de nunca acabar y peligrosamente, como muchas de las preguntas y razonamientos de la modernidad, es muy probable que seguir navegando en ella nos conduzca por lugares no tan amables como el fascismo ideológico, creyendo que la respuesta es una sola y nada más, o la depresión crónica, convenciéndonos a nosotros mismos de que, después de todo, nada tiene un sentido final. Acá quiero aclarar que, para mí, una de las herramientas de la modernidad como proyecto histórico de dominación, exclusión y exterminio, es la depresión; la melancolía incontrolable y mortal (Londoño, 2013).
A partir de esto, llegué a la conclusión de que plantear la danza, los estudios del movimiento, desde lo plural y anónimo, es una apuesta política rebelde contra la modernidad y sus planteamientos fatalistas y dicotómicos. En esta misma medida, querer encasillar, nombrar, especificar, inmovilizar, la vida y el arte, corresponde al intento fallido de la modernidad por exaltar al individuo y su capacidad, también fallida, para ser en sí mismo. Quisiera desarrollar esto desde dos lugares diferentes y relacionados entre sí: el primero es la idea del proyecto histórico de los vínculos planteada por Rita Laura Segato y, el segundo, es el análisis sobre el desapego y la pluralidad en la danza hecho por Rodrigo Estrada.
Antes de continuar, aclaro la relación que estas propuestas tienen con el trabajo de Olga de Soto: en su trabajo ella quita el lente analítico del bailarín o coreógrafo estrella, así como de la obra de arte majestuosa, y lo traslada a la experiencia fragmentada, incompleta y totalmente humana de las personas que vieron la obra en cuestión. Dichas personas tienen un nombre, sí, y sus respectivas vidas, sí, pero también son personas que en su conjunto representan la fugacidad del arte y de la vida, la desintegración de la memoria, y la impermanencia de todo el hacer y ser humano. Acá resalto la afirmación de Rodrigo Estrada sobre el anonimato y la pluralidad: es precisamente en el no ser nadie, en la posibilidad de conjugarnos con todo y todos, que los seres humanos encontramos la capacidad de trascender y habitar la inmortalidad (Estrada, 2015).
Cosas vs. Vínculos: la política de la transformación y la comunidad
En su libro La guerra contra las mujeres (Segato, 2019), Rita Laura Segato, antropóloga feminista argentina, hace un análisis de las nuevas formas en que el capital, que es siempre patriarcal, colonial y moderno, hace uso de los cuerpos de las mujeres para construir narrativas de propiedad, miedo y soberanía. Esto, a primera vista, parece no tener mucho que ver con nuestro tema en cuestión y tal vez hasta se considere un poco descontextualizado. Así me parecía también, hasta que leí la noción de modernidad que maneja esta autora en su texto y la forma en que la relaciona con el paradigma individualista: la modernidad, dice ella, con su precondición colonial y su esfera pública patriarcal, es una máquina productora de anomalías y ejecutora de expurgos; positiviza la norma, contabiliza la pena, cataloga las dolencias, patrimonializa la cultura, archiva la experiencia, monumentaliza la memoria, fundamentaliza las identidades, cosifica la vida, mercantiliza la tierra, ecualiza las temporalidades (Segato, 2019, pág. 22).
En pocas palabras, la modernidad junto con su paradigma del individuo, que se vincula directamente a la base primaria del capital que son las cosas materiales, propone, en todos los ámbitos de la vida incluido la creación artística, el encasillamiento y la perpetuación de los grandes personajes, de las grandes obras, de las mentes brillantes, haciendo ver a todos estos como únicos, separados y poderosos en sí mismos. Lo que la modernidad olvida como proyecto histórico moldeador de vidas, es que los seres humanos no vivimos solos en este mundo y nada de lo que somos o hacemos es únicamente nuestro. El proyecto histórico de los vínculos, que es el que propone Segato desde su apuesta feminista, es aquel que pone sobre la mesa la capacidad y necesidad relacional de los humanos y, en esta medida, es aquel que permite reconocer la pluralidad del hacer cognitivo, artístico o de cualquier otro tipo.
¿Cómo es que todo esto se relaciona entonces con mi conclusión sobre el carácter político rebelde de la danza? Pues la danza, que es para mí el movimiento en todas sus formas, es rebelde en la medida en que nos recuerda todo el tiempo que nada nos pertenece de forma unilateral y, por el contrario, la fugacidad, la fragmentación, lo efímero, lo múltiple es lo que realmente constituye la vida. Como también lo afirmó alguna vez Silvia Federici, filósofa feminista española, de la danza aprendemos que la materia no es estúpida, no es ciega, no es mecánica, sino que tiene ritmos, tiene lenguaje, tiene el poder de afectar y ser afectada, de mover y ser movida, y esto constituye la política de la transformación y la comunidad (Federici, 2017).
Pluralidad y desapego: la danza es un mierdero más
Escatologías alrededor de la danza (Estrada, 2015), es un texto reflexivo que gira en torno a la naturaleza de la danza y las potencialidades de esta como el lugar por excelencia de lo efímero. Allí Rodrigo Estrada, bailarín de la Compañía Danza Común y escritor de cosas varias, propone el lugar del anonimato como un imprescindible en la creación artística y como un atributo valioso desde el cual considerar la posibilidad de permanencia del ser humano. A lo largo de la historia, particularmente de la historia moderna, los individuos hemos buscado ansiosamente la inmortalidad, y como sabemos que nuestro cuerpo como materia física no tiene posibilidades de ganar en este campo, escudriñamos azarosamente maneras de perpetuar nuestro hacer y nuestro pensar en la memoria de otros. Intencionalmente o no, esto lleva de forma continua a la alimentación de egos y a la pelea constante y tediosa por el reconocimiento de obras, ideas y vidas.
¿Qué propone Estrada? Después de afirmar que la danza como toda creación es una mierda más, pues corresponde al igual que ellas al resultado digestivo del alma y la experiencia humana, él plantea la pluralidad y el anonimato, ambos elementos constitutivos del desapego, como espacios primordiales de la perpetuidad humana; la naturaleza de la danza, su más profunda esencia, su voz de siglos, exige la pluralidad y el anonimato, y es precisamente en ese no ser nadie y al mismo tiempo ser todos, que podemos encontrar nuestra permanencia aún después de la muerte (Estrada, 2015), que puede ser la muerte física o puede ser el final de una función.
Plantear lo plural y anónimo es, para mí, todo lo contrario a la apuesta moderna individualista y encasillante, pues asume de una vez y sin recovecos la multiplicidad siempre entretejida de la vida y la creación, y lo valioso a la vez que prescindible de cada uno de nosotros. Acá Estrada no solo plantea un llamado a la tranquilidad respecto al afán por el reconocimiento, sino además, esboza este carácter rebelde de la danza y el movimiento: ellos nos recuerdan todo el tiempo que por más que intentemos catalogar, cosificar, archivar, codificar la vida, ella no es realmente aprehensible aunque la modernidad nos diga constantemente que sí.
Hay una luz amarilla que me recuerda constantemente el apartamento de mi abuela. En realidad, no es una luz amarilla que haya visto en otros lugares sino, más bien, es una luz que a veces logro ver en mi cabeza y puedo relacionar de forma directa con la sala en la que solía jugar cuando era niña. Así como esa luz hay también olores, sabores y texturas que corresponden a mi infancia y a mi abuela, y aunque por cosas de la vida los pueda encontrar en otros lugares, ellos serán para mí, siempre, catalizadores de mis primeras memorias. ¿Qué quedará de ellas cuando yo muera o cuando olvide? ¿Qué quedará de mi abuela, de su apartamento y de mi infancia cuando yo muera u olvide y no haya nadie para recordarla a ella y mi yo niña?
Si pienso alrededor de esto desde los lugares que usualmente habito, puedo caer en una depresión profunda durante las próximas semanas. Pueden dolerme los huesos, arderme la garganta, pesarme los ojos y rompérseme la cabeza deduciendo que de todo esto no quedará absolutamente nada. Si recuerdo a Olga de Soto, a las feministas y a Rodrigo Estrada, caigo en cuenta de que sí, probablemente de esto no quede nada, pero ser nada, ser nadie, es al final hacer parte de todo. La danza en todas sus versiones me recuerda que toda mierda se convierte en abono y que del abono venimos y al abono volvemos. ¿Cuáles son los árboles a los que permitiré crecer desde este lugar?
Combato la depresión moderna a punta de movimiento animal.
Referencias
Estrada, R. (2015, noviembre 30). Escatologías alrededor de la danza. Retrieved from el cuerpoeSpin la revista de danza y artes escénicas: http://www.elcuerpoespin.com.co/revista-digital/escatologias-alrededor-de-la-danza-parte-i
Federici, S. (2017, junio 27). En alabanza al cuerpo danzante . Retrieved from Brujería Salvaje : http://brujeriasalvaje.blogspot.com/2017/06/en-alabanza-del-cuerpo-danzante-por.html
Londoño, D. (2013, julio - diciembre). La depresión: encrucijadas entre las nuevas modalidades del ser y el dispositivo farmacéutico. Revista colombiana de Ciencias Sociales, 278 - 297.
Segato, R. L. (2019). La guerra contra las mujeres. Tumbaco - Ecuador: Kikuyo Editorial.
Soto, O. d. (2010). historia(s). In I. d. Naverán, Hacer historia. Reflexiones desde la práctica de la danza. (pp. 125 - 134). España: Centro Coreográfico Galego / Institut del Teatre / Mercat de les Flors.